El hábito de poner nombre a las tormentas tropicales y huracanes es más viejo de lo que creemos, aunque han variado los modos o técnicas de hacerlo.
En referencias que se tienen de estos fenómenos a partir del siglo XVII vemos la costumbre de nombrarlos según el santo patrono del día en que castigó con mayor fuerza a los vecinos de tal o más cual población. Parece que esa “nomenclatura” nada oficial se estuvo llevando hasta el siglo XIX.
En el siglo XX, antes de 1950, los meteorólogos militares asignaban números a los ciclones e indistintamente utilizaron algunos apelativos como Bravo o Charly, sin ningún carácter sistemático a largo plazo.
A partir de 1953 los huracanes empezaron a recibir nombres femeninos en orden alfabético.
Dicen que el primer nombre de mujer se utilizó en honor a un gran amor, pero más tarde, la insistencia en llamar a estos fenómenos causantes de terribles desgracias con apelativos de su género, no hizo ninguna gracia a las representantes del sexo femenino.
Se pensó que la utilización de números era algo engorrosa o abstracta a la hora de fijarlos en la mente de los científicos y público en general.
Los nombres de persona seguían teniendo un atractivo especial y no daban complicaciones a la memoria.
A partir de 1978 se comenzaron a usar nombres masculinos y femeninos, alternos y en orden alfabético en cada temporada ciclónica en lo referente a las tormentas del Pacífico Oriental.
En 1979, ese método, que se consideró el más justo y equilibrado, se instauró en la cuenca del Atlántico.
Desde entonces, las naciones que forman parte de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) confeccionan listas de nombres comunes en los idiomas inglés, español y francés. El género se sigue alternando. Cuando se comienza una temporada con nombre femenino, la siguiente arranca con uno masculino.
Atendiendo al número de nombres posibles para cada letra del alfabeto, cada lista sólo tiene 23 apelativos. Hay letras como la U, Q, Y y la Z que no se utilizan, por contar con pocos nombres como promedio en esos tres idiomas.
Las listas se vuelven a utilizar cada seis años, pero sin los nombres de huracanes demasiado catastróficos, cuyo recuerdo
se quiera borrar por sus mortíferas consecuencias.
Por ejemplo, se han borrado de las listas los nombres Andrew, Bob, Camille, David, Mitch...
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