Mirada viva, nariz como pico de águila y mentón que se estira ansioso de peligros. Cabalga en el recuerdo, montado en su caballo Tony, como un ser mitológico, con sombrero de alas anchas y justiciera determinación.
En Tom Mix (1880-1940) se concreta plenamente la identificación hombre-mito, encarna un amplio conjunto de estructuras fabulosas y conductas que se creen ejemplares. La fusión del héroe con el actor es, en su caso, total.
Cuando se convirtió en una gran estrella de cine, la publicidad de la Fox Films le creó una biografía mucho más pintoresca que cualquiera de sus papeles cinematográficos.
Sin embargo, era exagerada sólo en el sentido de que ningún hombre podía haber realizado tantas cosas en tan pocos años y en un espacio geográfico tan amplio. Y él, que era una criatura del espectáculo y gran narrador de historias, nada hizo por minimizar la imagen que se había construido fuera de la pantalla.
Pero, atención. Aunque era excesiva en lo que respecta a la profusión de sucesos, no distaba mucho de la verdad en sus elementos básicos. Pues no cabe duda de que tuvo una vida aventurera antes de llegar al cine, ya que, entre otras cosas, conoció las batallas en el Ejército, domó caballos para los ingleses en la guerra de los boers y ejerció como sheriff durante un tiempo en Oklahoma.
No es de extrañar, pues, que el cineasta Ottis Turner, al entablar contacto con este excelente tirador y jinete consumado, conocido veterano de las contiendas de Cuba y Filipinas, le ofreciera enseguida trabajo para intervenir en filmes del oeste, que por entonces tomaban auge.
El western, según Mix, nada tenía que ver con lo intelectual, lo filosófico o incluso psicológico. Era solamente un espectáculo de reacciones y de sentimientos elementales, lleno de acción.
Según relata la viuda en una sabrosa biografía dedicada al astro, muy por encima de ganar dinero existía en él la preocupación de mostrar al público lo que había significado realmente la conquista del Oeste.
Su voluntad era preservar los viejos días, representarlos y comunicar su sentido. Se ofrecía a sí mismo al espectador como el auténtico ejemplo de una forma de vivir.
De ahí que declarara una y otra vez, con cierta ingenuidad y muy imbuido de su misión, que había practicado toda su vida unos principios que no le fallaron jamás. Tales como el permanecer limpio de cuerpo y espíritu, no comer demasiado, dormir al aire libre. Mantener la forma física, respetar a las mujeres, disparar de frente, Ser leal y proteger a los débiles de los malvados. Nobles máximas que, como se aprecia, constituyen el código ético del western primitivo.
Entre 1911 y casi finales de la I guerra mundial, durante la etapa del esplendor y declive de Broncho Billy Anderson y la ascensión del largo y huesudo William S. Hart, Mix rodó casi 100 cintas, al principio de una o dos bobinas y después largometrajes.
Los primeros eran sencilllos episodios improvisados, libremente editados, muchos de ellos al parecer sin guiones y centrados tanto en el humor pretendidamente popular, en la tradición del respetado Will Rogers, como en la acción.
Sus grandes cualidades, sin embargo, pronto cautivaron a la Fox, que le ofreció un contrato. Y así, debutó en una cinta de dos rollos, que escribió y dirigió él mismo. Por cierto, la última de las cortos que haría, pues se pasó de inmediato a los largometrajes y dejó la dirección en manos de cineastas más calificados como Sidney Franklin, John Ford o Lewis Seiler.
A mediados de 1920, en la cima de su popularidad, rodó algunas adaptaciones de Zane Grey, que no eran las más adecuadas para su perfil y ni se cuentan entre sus mejores películas. Pero estaban tan bien realizadas que sus admiradores no se quejaron.
Tom Mix y su triunfo arrollador provocaron el fin de William S. Hart, quien no pudo ni quiso competir, y se retiró con todos los honores para dejar su lugar no sólo al antiguo sheriff de Oklahoma, sino también a las nuevas generaciones de cowboys que él había creado para la pantalla. No olvidar, por ejemplo, que dos de sus mejores sucesores, Buck Jones y George O"Brien, provenían de las filas del propio equipo de Mix.
Tanto Tom Mix como su caballo Tony abandonaron el cine en diciembre de 1932, luego de sufrir ambos una aparatosa caída en el desierto de Mojave, mientras rodaban. Aunque en 1935 hizo una especie de última aparición en el serial El jinete alado, cuidadosamente estructurado para mantenerle fuera de escena durante gran parte del metraje, y reducir la acción que tenía que llevar a cabo en persona.
La despedida devino oportuna para que el astro rindiera un informe detallado de los percances acarreados en su vida: 43 huesos rotos y 12 cicatrices de bala.
Murió el 10 de octubre de 1940 en un accidente automovilístico. Tony le siguió ese mismo día y mes, dos años más tarde.

 

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