Entre aquellos primeros intentos de cine coloreado a mano y el procedimiento que responde al conocidísimo nombre de technicolor, media un largo camino que da cuenta de un no menos extenso proceso de gestación.
Un desarrollo que tuvo la virtud de comprometer a nombres de gran significación en la ciencia mundial, así como a otros enteramente desconocidos para el gran público.
Pueril en apariencia, el recuadro transparente pintado por la luz obró como carnada para atraer a muchos de los justamente considerados "grandes". Por eso sería casi deshonesto suponer que technicolor es solamente Kalmus. En este caso, como en muchos otros, el nombre del inventor sirve para indicar quién fue el que llegó primero. Y para olvidar de paso a quienes le antecedieron en la carrera cumplida.
Kalmus recoge el fruto sazonado de la investigación colectiva. Lo completa. Y con espíritu eminentemente práctico se lanza a la conquista del mercado. En los primeros momentos necesita de la formidable ayuda que supone el respaldo del nombre de Walt Disney, primer convencido de la calidad del procedimiento. Pero después no haría falta, pues pronto la demanda supera en mucho a la oferta.
La cámara technicolor aparece explicada en su principio funcional en todos los tratados de Fotocromía, incluso en un viejísimo texto publicado en 1869 por Ducós du Hauron. Y el procedimiento de síntesis tricroma tampoco es original, sino una muy mejorada variante de aquel viejo método de reproducción llamado Pinatipia. En fin, que todo fue una adaptación feliz.
Aunque cabe a Kalmus, eso sí, el mérito incuestionable de haber sido el autor de semejante adaptación. Como también le pertenece el diseño y construcción de los filmadores especiales, capaces de cargar tres rollos negativos para la selección tricroma completa. Y lo más importante, el haber llegado a convencer al mundo escéptico de los negocios de que el asunto podía dar resultados económicos satisfactorios.
Como se sabe, el sistema fue ideado por tres ingenieros: Herbert T. Kalmus, Daniel Frost Comstock y W.B. Westcott. La Technicolor Motion Pictures Corporation se fundó en 1915.
Inicialmente era en bicromía y el primer largometraje rodado así llevó el título de El pirata negro (1926), dirigido por Albert Parker e interpretado por Douglas Fairbanks, por cierto en uno de sus últimos éxitos.
Nueve años más tarde apareció el primero en tricomía: La feria de vanidades (1935), de Rouben Mamoulian, que cuenta ya con el sistema como ha llegado hasta nuestros días. El filme es una adaptación de la novela de William Makepeace Thackeray, y la trama discurre durante la época napoleónica. Está interpretado por Miriam Hopkins, Frances Dee y Cedric Hardwicke.
La película debió ser dirigida por Lowell Sherman, pero el hombre falleció al comienzo del rodaje y Mamoulian se hizo cargo del trabajo, iniciando así una dedicación al cine en colores que habría de prolongarse hasta el final de su carrera.
El procedimiento utiliza tres negativos por separado. La primera película negativa está cubierta de una emulsión pancromática. Es la que recibe la luz llegada del objetivo a través de un prisma sin desviación y de un filtro verde. La primera banda registra, pues, una imagen verde.
La segunda película recibe la luz del objetivo por reflexión a 90 grados sobre la cara oblicua del prisma. Está recubierta de una emulsión sensible al azul y, como pasa por detrás de un filtro magenta, registra una imagen azul. Además, el dorso de este soporte está recubierto de una capa azul que forma un filtro para la tercera película de emulsión pancromática, la cual se coloca adosada a esta capa azul. Así la tercera película registra una imagen roja.
Las tres películas se revelan en negativo, de los cuales se tiran tres positivos. La gelatina de estos positivos se hincha por medio de agua caliente. Y los relieves resultantes son entintados respectivamente de azul-verde, magenta y amarillo. Estas tres tinturas son transportadas por contacto sobre la gelatina de la banda final.
Con el technicolor el cine dio un gran paso de avance, pero de ninguna manera completamente satisfactorio. La batalla deberá librarse todavía durante mucho tiempo.
Los procedimientos químicos desarrollados con precisión matemática garantizan hoy el máximo rendimiento del sistema que parece insuperable, pero el menos enterado de la física del color tiene la convicción de que algo falta.
Poco importa que en el equipo técnico figure quien determina la impregnación cromática y la unidad tonal que como condición inexcusable ha de tener toda realización en colores.
El depura una artificiosidad de tonos que satisface la apetencia de naturalismo mucho más que la exactitud fotográfica. Pero a pesar de esa intervención inevitable siempre existe una íntima incongruencia entre las imágenes captadas y la irrealidad del color inspirado por el experto.
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