Llegó al cine en momentos en que los galanes preciados de lindos tenían demanda. Era un mundo de cromo poblado por jóvenes de sonrisa trazada con tiralíneas. Pero sucedió que estas caras pasaron de moda y él siguió actuando y era menos expresivo que cuando empezó.
Robert Taylor (1911-1969) hubiera dado cualquier cosa por ser un poco menos bello y en cambio un poco mejor actor. Su hermosa cabeza de Apolo le valió millones de admiradoras alrededor del mundo. Pero siempre y cuando no le vieran muy seguido, pues todo el tiempo era igual. Perfecto por fuera y vacío por dentro.
Algunos luchaban por su cara demasiado fea. Pero él luchaba por la suya demasiado linda. Se dejaba crecer la barba, fruncía el ceño, torcía la boca, pero no pasaba nada. También quería hacer de malo, pero no podía. Y es que era malo sólo como actor.
Con un revólver en la mano o guantes de boxeo en los puños seguía siendo el Adonis de celuloide que daba la nota en falso. Hollywood contaba, es cierto, con muchos actores guapos y con capacidad de seducción. Pero él era, sin duda, la fijación definitiva del arquetipo.
Su perfil latino, las líneas de su rostro perfecto, lo encasillaron desde el principio como galán melifluo y remilgado. Lo que explica en parte el hecho de haber sido juguete predilecto de algunas actrices de la Metro Goldwyn Mayer, sello al que se mantendría fiel y disciplinado a lo largo de 26 años, viéndose correspondido con un trato preferente en su época de declive.
Su carrera tuvo dos grandes etapas. La de sus inicios, que le vieron apuesto, seductor, amante romántico. Y la de su madurez, prototipo del galán aventurero. Y aunque su primer gran éxito, Sublime obsesión, junto a Irene Dunne, lo obtuvo cuando lo prestaron a la Universal, su consagración definitiva se la proporcionó la MGM al emparejarle con Greta Garbo, un año después, en La dama de las camelias.
El rodaje fue para él una experiencia fascinante y satisfactoria, con la sola excepción de la manía de la sueca de llevar siempre un calzado cómodo.
Como relataría años después a un célebre columnista, "allí estaba la Garbo, interpretando conmigo escenas de amor y de muerte, vestida con hermosos miriñaques, primorosamente peinada y perfumada. Pero yo sabía que debajo llevaba puestas unas enormes y desgastadas zapatillas de lona de color castaño que le quedaban como zapatos de astronauta".
En lo que respecta a la legendaria actriz, Garbo trató por todos los medios de no echar a perder la ilusión y adoptó para ello una actitud algo especial hacia Taylor.
Según George Cukor, director del filme,"Greta hablaba poco con el actor. Era cortés, amable, pero lejana, distante. Se aferró a la idea de que se había hecho una buena elección y se dijo a sí misma que Taylor era el actor indicado. Ella estaba convencida de que si entraban en afable trato se daría cuenta muy pronto de que él era sólo otro niño bonito."
Más adelante, El puente de Waterloo y La senda prohibida, junto a Vivien Leigh y Lana Turner, respectivamente, renovarían su fama de galán romántico, antes de que el actor emprendiera un nuevo rumbo en su carrera.
La conversión del apolíneo seductor en héroe épico comenzó tímidamente con un western sobre Billy the Kid y se prolongó con escaso éxito durante toda la década del 40.
Y luego, en su nueva etapa de héroe recio, circunspecto y abnegado, volvería a reverdecer laureles (en la taquilla, se entiende), manteniendo durante los 50 el lugar preferente que la Metro siempre le reservó como correspondía a uno de sus más célebres mitos.
Fue ¿Quo Vadis? -donde interpretó a un centurión romano- la cinta que volvería a encumbrarle, iniciándole en el rico y productivo filón del género histórico que incluyó obras como Ivanhoe, Los caballeros del rey Arturo y La corona y la espada. Producciones que, alternando con otras de algún vuelo artístico, le dieron una mayor entereza y empaque a su hasta entonces ambigua imagen.
Finalmente, en los 60, resistió con dignidad los embates del tiempo y se mantuvo en activo hasta su muerte. Unos meses antes había rodado su despedida, La esfinge de cristal, en compañía de Anita Ekberg.
En su filmografía aparece un título del cual se hablaría mucho: Sombras en la nieve, de Gregory Ratoff, cinta prosoviética rodada cuando Rusia era aliada de Estados Unidos en la terrible lucha contra el régimen nazi.
Aquí, Taylor era un director de orquesta norteamericano que se casa con una muchacha rusa (Susan Peters), a quien conoce en Moscú antes de la guerra. La contienda los separa, pero vuelven a reunirse en la aldea de la joven, destruida por los bombardeos. Al final, ambos se dirigen a Estados Unidos como emisarios musicales de la URSS.
Si Hollywood tenía que convencer a los espectadores del patio del decidido espíritu combatiente de los rusos, que entonces eran sus amigos, también les recordaba que el compromiso de los norteamericanos con la lucha garantizaba y exigía su continuado apoyo.
Sin embargo, años más tarde, durante el macarthismo, la cinta fue investigada por la Comisión de Actividades Antiamericanas que se afanaban en detectar las más sutiles muestras de propaganda roja infiltradas en el cine y trataban arduamente de codificarla.
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ir_James Stewart, todo un personaje