Dos meses después de haber sido liberada Roma por las tropas aliadas, un hombre camina apresurado por una de sus avenidas. Tiene apenas 38 años, ha perdido varios kilos de peso y necesita un afeitado.
El hombre nació en Roma y se llama Roberto Rossellini (1906-1977). En sus manos lleva película virgen que acaba de comprar en el mercado negro a 60 liras el metro, después de haber pedido prestado 8 millones y vendido algunos muebles. Exactamente, una cama, una cómoda antigua y un ropero con espejo.
Rossellini era hijo del dueño de una sala de cine. Y muy joven, siendo estudiante, se enamoró del séptimo arte viendo Aleluya, de King Vidor.
Había trabajado algo la edición, el doblaje y escrito argumentos. Y también dirigido unos pocos filmes breves, poéticos, que le significaron cierto renombre.
Si bien estas cintas de la época de la querra eran de ficción, su estilo resultaba casi documental, los lugares de rodaje eran reales, y con frecuencia los intérpretes no eran profesionales.
Con la derrota de Italia y la ocupación alemana, la industria del cine se paralizó. Cinecittá era un desierto, en sus foros sólo había silencio, y casi todos los productores habían desaparecido como por encanto.
Rossellini era democristiano partidario de la coalición formada para liberar al país del fascismo. Incluso había escondido a Sergio Amidei, un escritor comunista que era buscado por los nazis. Y fue este fugitivo, precisamente, quien le sugirió la idea, basada en un hecho real, para un filme sobre un sacerdote que había dado su vida por el movimiento clandestino.Roberto Rossellini
Con los teutones todavía en la Ciudad Eterna. Con las redadas y allanamientos en alza. Con la triste cotidianeidad del sufrimiento, Amidei comenzó a escribir el guión, mientras Rossellini salía con una cámara oculta en un camión para realizar tomas que esperaba fuesen útiles cuando llegase el momento del rodaje.
Algún tiempo después, a instancias del realizador, Federico Fellini fue a trabajar con Amidei para incluir nuevos elementos y hacer otro guión. La tarea se llevaba a cabo en la cocina del apartamento que Fellini y la Masina compartían con la tía de ésta. EL guión definitivo quedó terminado en dos semanas. Pensaron varios títulos. Pero al final se les ocurrió uno irónico: Roma, ciudad abierta.
El filme se rodó en las calles, en los mismos lugares en los que se habían desarrollado los acontecimientos. La película permanece fiel a la geografía de Roma y a su realidad más exterior. Tan sólo la escena de la tortura del comunista interpretado por Marcello Pagliero fue reconstruida en un pequeño y abandonado estudio que se pudo alquilar.
Además, Rossellini trabajó con gente que había vivido bajo la ocupación y combatido con la resistencia, e hizo uso de esas experiencias. Así, el piso en que se desarrolla gran parte de la acción al principio era el del propio Amidei, quien en muchas ocasiones había tenido que escapar de los tejados, tal como lo hace uno de los protagonistas. Y de la misma manera, el ametrallamiento de una mujer en plena calle (reconstruído después por Ana Magnani) había sido presenciado por uno de los intérpretes.
Y todo, en medio de la extraordinaria libertad de trabajo que ofrecían las circunstancias del momento que se vivía. Es decir, ausencia de todo organismo oficial. De toda industria cinematográfica. Y de toda censura.
El proceso creativo del filme es reversible. Pasa del documental a la ficción para llegar de nuevo al documental. Aunque lo que domina siempre es la veracidad. Que va desde mujeres en ropa interior hasta niños sentados en el orinal. Y desde intérpretes expresándose en su lengua y estilo propios hasta la cámara captando una realidad que ya es dramática en sí misma.
Cartel Roma Ciudad AbiertaLos hechos están presentados con un relieve fuerte, rápido y convincente. Las acciones se ritman como si se tratara de un testimonio. El filme, con su aparente impasibilidad y falta de cálculo, no nos hace espectadores, sino partícipes de los hechos. La pantalla se esfuma y parece que presenciamos la trama desde un balcón o una ventana.
La gran originalidad de este filme, ya se ha dicho, no reside en la utilización de decorados naturales, sino en la manera cómo se integran en la película, del mismo modo que los actores improvisados se identifican con sus personajes. Es decir, en la manera en que todos, personajes y decorados, se convierten en la película misma.
Cuando Rossellini mostró el filme a un grupo de conocedores, críticos y amigos, no gustó. Los distribuidores italianos, asimismo, lo rechazaron. Nadie quería saber de Roma, ciudad abierta.
Llevado a Cannes, poco después, "a falta de algo mejor" por una delegación italiana que despreciaba profundamente el filme, tuvo un éxito moderado. Pero, dos meses más tarde, cuando fue a París, resultó un verdadero delirio. La crítica francesa lanzó la película y con ella el neorrealismo italiano, el cual marcaría al cine mundial como una de sus tendencias fundamentales.
Estrenada en Nueva York, fue igualmente un éxito de crítica y, poco después, también de taquilla. Finalmente, en Italia, fue aceptada por el público y se convirtió en una realización muy rentable..
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