El melodrama surge como teatro para el gran público cuando los sólidos estamentos del arte escénico clasicista se rompen a consecuencia de los cambios políticos que se suceden tras la Revolución Francesa.
Como tiene carácter planfletario, sus ideas y personajes se simplifican al máximo. Hay un villano que es resumen de vicios y maldades. Un perseguido y oprimido que acapara todas las desgracias. Una joven, pura y bella, inocente causa de los delirios criminales del malvado, y un gracioso tipo popular.
De este clasicismo, el melodrama toma su estilo elevado para dignificarse, para demostrar su categoría teatral. Como espectáculo para multitudes, busca un realismo centrado en la presentación escénica sobre la base de lugares pintorescos.
En cuanto a su contextura literaria, se caracteriza por una intriga enrevesada, complicada, cuyo centro es un conflicto tremendo, redoblado sobre sí mismo y sin aparente solución posible.
Con los años, perdió lo panfletario y político. Pero subsistieron las normas del "bueno" y del "malo", de la víctima juvenil, y las complicaciones argumentales.
Ahora bien, no son los temas los que producen la obra melodramática o realista (que en la práctica son dos escuelas y en su naturaleza artística dos actitudes) aunque a primera vista lo parezca.
No hay temas melodramáticos, realistas, rómanticos o académicos. Cuando la obra se hace buscando un tema definidor, clasificado ya, sólo se obtiene un remedo, una imitación.
En realidad, la anécdota de un filme no es nada. Sólo sirve de vehículo al tema que representa y éste, a su vez, a los valores estéticos o sociales que en él encarnan.
El ver unos valores u otros, el elegirlos o armonizarlos, es construir el tema y el asunto de un modo u otro; es la labor creadora del realizador que puede hacer del mismo material, del mismo asunto, dos obras completamente distintas.
Por supuesto, hay temas y anécdotas que muestran más patentes unos valores estéticos que otros, unas posibilidades que otras. Tienen ya un cierto sentido dado por la natura o se muestran más propicios a adquirirlos bajo la mano del realizador. Y sólo en este concepto limitado puede hablarse de temas melodrámaticos, realistas o lo que fuera.
Además, muchas veces suele confundirse al melodrama con la tragedia. Cierto que aquél parece nutrirse de los mismos elementos que ésta. Es decir, el bien y el mal. La juventud, el amor, el odio, la ambición, la verdad y la mentira. El honor y deshonor.
Pero hay una diferencia: la simplificación. La tragedia concibe conjuntamente el choque de fuerzas adversas según una visión muy particular.
El director percibe el desarrollo de la tragedia en una especie de ceremonial a través de imágenes y de ritmos de un carácter solemne. Personajes, decorados, luces, música, ritmo, del filme se ven transfigurados. No se trata de una mera simplificación, sino de una superación de lo humano.
El melodrama, por el contrario, tiende quizás a lo grandioso y a lo eterno, pero no es capaz de simplificar la realidad si no es empobreciéndola. Los protagonistas están llenos de tópicos, pero carentes de poesía. Queriendo alzarse por encima de la vida cotidiana, caricaturiza involuntariamente los caracteres y las situaciones.
Por otra parte, debe señalarse que la mayoría de las grandes obras de teatro están basadas en situaciones de melodrama o tienen finales melodramáticos. Por ejemplo, el drama histórico Ricardo III, de William Shakespeare, llevado al cine por Laurence Olivier, es prácticamente un melodrama. Y no debe olvidarse tampoco que Esquilo y Sófocles escribieron numerosos melodramas.
De que el género llegó al cine para quedarse no le quepa la menor duda a nadie. Ahí están, entre otros muchos, de aquí y de allá, los folletines mexicanos a partir de Santa, con Lupita Tovar, donde se afianzan sus orígenes evidentes. O la saga iniciada por Bette Davis, quien interpreta en el cine norteamericano los mejores exponentes del género.
Nadie como ella para mostrarnos la fuerza irresistible de una mirada. O para exihibir unos ojos que parecen saltar de las órbitas. O la fría impasibilidad del gesto calculado que desprecia cuanto le rodea, en los melodramas prototípicos de su tiempo.
Como La carta, que nos mantiene en vilo desde su célebre secuencia inicial. O La loba, historia de una mujer egoísta y ambiciosa. O mejor aún, Amarga victoria, obra cumbre del melodrama, donde la actriz lleva adelante uno de sus grandes papeles..
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