Su físico era imponente. Cabeza maciza enclavada en un tórax robusto. Frente poblada de arrugas. Y ojos de mirada directa. En lo que respecta al carácter, lo tenía huraño. Como el de alguien al que importa muy poco lo que sucede a su alrededor.
De pronto arqueaba una ceja, esbozaba un gesto dubitativo con los labios y fijaba sus pupilas negras, cundía la angustia. Tanto su adversario como el público sabían que pronto ocurriría algo. Que se avecinaba una tormenta. Notaban que en cualquier momento pondría en marcha su fuerza de disuación.
Y es que Lino Ventura (1920-1987) irrumpía en la pantalla como en un ruedo, dispuesto a embestir situaciones. Su arte no consistía en la interpretación de caracteres más o menos complejos si no en vivir, con su propia manera de ser y de ver las cosas, las diversas aventuras de sus personajes.
Su entrada al cine no se debió a un expediente académico procedente de alguna escuela o instituto de arte. Ni a su paso por las salas teatrales o los sets de televisión sino a su figura, a su aspecto físico. Amén de su aureola de ex campeón de lucha libre, título que ostentó antes de que la doble fractura de una pierna -sufrida durante un combate- le obligara al retiro.
Es decir que, en ningún momento, ni al comienzo de su vida, ni avanzado el curso de ésta, soñó con ser actor. El séptimo arte entró en su existencia como por sorpresa, sin que él le saliera al encuentro.
Su descubridor fue el realizador Jacques Becker, en momentos en que buscaba un "duro" para su filme Touchez pas au grisbi, historia de un gran robo frustrado por la ambición y la rivalidad, pero cuyo verdadero tema es, según algunos, el envejecimiento y la amistad. Y, según otros, la muerte y la soledad.
Inicialmente, el ayer monarca del cuadrilátero fue encasillado en películas cuyas tramas provenían de la denominada "novela negra" y alcanzó cierta notoriedad al encarnar al "Gorila", un peculiar personaje salido de este tipo de literatura.
Lo hizo tan bien, que poco faltó para que la gente creyera que dormía con una pistola bajo la almohada y tenía un arsenal en el armario. Algo que pudo comprobar cuando llegaba al estudio pues notaba el silencio que se hacía y el respeto con que le miraban. Cosa que le divertía e irritaba al mismo tiempo.
Más adelante, sin embargo, no tardó en ascender a papeles más complejos acorde con su fuerte temperamento de intérprete. Así interviene en cintas como Ultimo domicilio conocido, una de las más logradas obras del escritor-guionista-director José Giovanni, cuyo argumento relata los esfuerzos en común de un policía y su auxiliar femenino para encontrar a un testigo de cargo, al que su testimonio costará la vida.
Después, siguieron filmes muy celebrados como Un taxi para Tobruk, narración bélica acerca de la amistad que se establece entre un grupo de soldados franceses y un prisionero alemán en pleno desierto africano. Los aventureros, en el que es acompañado por Alain Delon. La muy aplaudida El clan de los sicilianos, donde comparte honores con el mítico Jean Gabin y de nuevo con Delon; y El bulevar del ron, junto a Brigitte Bardot, que es un taquillazo y le convierte en un gran valor del cine galo.
Es la época en que lo dirigen los mejores directores del país. Se le comienza a llamar "el terror de los guionistas" porque es exigente, meticuloso y , además, detesta los parlamentos largos que poco aportan.
Por otra parte, le gusta que las maneras de ser de sus personajes coincidan con las suyas, concuerden con lo que siente. Y como nunca lo olvida, sabe en qué película puede y debe meterse. Y cuál debe rechazar.
Tanto es así que en varias ocasiones rehusó ofertas que le hicieron de Hollywood, pues poseía criterio profesional, conocía sus límites y nunca proyectó rebasarlos. "Los papeles que me brindaban no tenían mucho que ver con mi temperamento, explicó a los periodistas más de una vez.
Y para demostrar que no sentía aversión alguna por rodar fuera de Francia y sólo lo hacía por lo antes expuesto, filmó en Italia (país de su nacimiento) alguna que otra vez. Como cuando protagonizó Cadáveres exquisitos, de Francesco Rosi, en que interpreta un personaje a su medida. Un inspector de policía encargado de investigar una serie de asesinatos de magistrados.
Ambiente y tema muy parecidos, por cierto, que se verán en una de sus mejores películas: Cien días en Palermo, de Giuseppe Ferrara, historia verídica de lo sucedido al general Dalla Chiesa, en 1982, cuando, asumiendo todos los riesgos, se enfrentó a la mafia siciliana.
Primero fue el aspecto físico. Luego, su temperamento de intérprete. Y más tarde, su sensibilidad y hasta el humor. El conjunto dio lugar a un buen actor. Un actor que fue reconocido inmediatamente por Jean Gabin como uno de los suyos, el día que lo vio por primera vez en el set de la cinta que marcó su comienzo.
Según contó Jacques Becker, el veterano astro francés clavó repetidas veces su mirada azul en el debutante que venía del ring, y le dijo:"!Qué tipo más formidable!¿De dónde lo sacaste?"
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