La muy vieja aspiración teatral de introducir al público en el espectáculo tiene en la comedia musical su plena justificación. Hacer sentir a cada uno que participa en una fabulosa fiesta de luces, colores, vestuario, música, bailes y canciones, que cambian continuamente en un centelleo de hallazgos y sorpresas asombrosas.
Si el musical es, en los países de habla inglesa, uno de los géneros más populares, ello se debe a su constante halago del gusto medio y su posibilidad de evolucionar ligeramente con él.
Se trata de contar una historia irreal con vagas referencias a una realidad concreta. Así, por ejemplo, South Pacific contaba sobre la guerra entre norteamericanos y japoneses, pero vista desde ángulos exóticos y con acotaciones almibaradas que tocaban muy de cerca el corazoncito anglosajón.
Y más adelante, una serie de renovaciones llevaron a los autores a buscar su inspiración en temas literarios o teatrales ya dados, y se hicieron versiones musicales de obras de Dickens-Oliver-, Cervantes- EL hombre de la Mancha- o Shaw, Mi bella dama. Mi bella dama
En este aspecto hay una evidente intención del musical por adoptar una apariencia culturista. El norteño o británico que no haya leído La fierecilla domada, de Shakespeare, saldrá de ver Bésame, Catalina, con una equivocada idea de enriquecimiento del saber.
También con Amor sin barreras y Hair ganará en la impresión de que se ha acercado críticamente a temas de actualidad, como pueden ser los conflictos de la juventud hispana y norteamericana. Pero en realidad no hay tal.
Es decir, evasión frente a cultura de síntesis. Pero, por encima de todo, entretenimiento y fuga. Se busca esto y el musical lo proporciona sobradamente. Una temática ligera- incluso en los momentos críticos o dramáticos - que permite la inclusión de una melodía perfectamente recordable. Ni más ni menos, se nos propone una excursión al reino de las delicias.
Bertolt Brecht, el más grande renovador teatral del pasado siglo, había entendido la inclusión de cantables en sus obras como una forma de transmitir un mensaje social o político a través de los mismos. Hair
Rompiendo la acción dramática con una canción, el autor dramático alemán ponía en marcha su famosa teoría del distanciamiento. El espectador, distanciado, podía establecer una postura crítica. La canción, lo que ella decía, era "juzgada" por el público.
En la comedia musical norteamericana, la canción podría ser aquello. Pero el problema es que en ella no existe el menor motivo para adoptar una actitud crítica. Incluso los momentos más audaces de Amor sin barreras, por ejemplo, no tienen la consistencia necesaria para provocar una relexión seria.
Cada vez que el musical ha querido cavilar se han dado pobres muestras de suficiencia intelectual. Pero sí ha reflexionado, en cambio, sobre sus posibilidades escenográficas. En este aspecto se han dado montajes importantísimos, como podría ser el de Hello, Dolly y Mi bella dama.
Y con Camelot se fue más lejos, pues se trató de hacer una especie de gran ópera. El director Joshua Logan sintió la necesidad de acercarse a un género más digno. De donde se deduce la conciencia que éste tiene de sí mismo en cuanto a género inferior.
Como es sabido, el coreógrafo Busby Berkeley es el gran creador de la revista musical cinematográfica sobre la renovación de la teatral, pero también sobre su misma concepción espectacular. Es decir, la puesta en escena, el cuadro plástico, el decorado increíble y el alarde fastuoso.
Más adelante, tenemos a Moss Hart, quien, al escenificar Mi bella dama y pedir a Rex Harrison que hablara las canciones, inició toda una nueva era. Y finalmente está Bob Fosse, el último creador que ha tenido el género, con sus memorables Cabaret y All that jazz.
Aunque, desde luego, hay otros hitos. Como Funny girl, que hizo célebre a Barbara Barbra Streisand_Funny GirlStreisand, y fue de los últimos descubrimientos del musical a la busca de nuevos caminos. O One from the heart, que tanto quiso abarcar y a la larga defraudó al público.
A la espera de mayores innovaciones, lo que ha de interesar en la comedia musical es la gran libertad que su estructura permite a los montajes. Montajes que encierran, por cierto, un gran peligro. El gusto del anglosajón medio por el mensaje fácil, bien asimilable, disfrazado de calidad que ayuda sin remedio a cultivar una secreta adoración por lo simplemente aparente.
Resultado de una subcultura de masas cuya más clara manifestación es buena parte del mismo cine norteamericano y los comics.
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