Cabello negro como el lignito. Ardientes ojos de meridional. Nariz prominente. Poblado bigote y blanquísimos dientes.
Con semejante rostro, alto y fogoso, iba al encuentro de sus damas como un gran pájaro de presa. Y es que estaba atacado por una especie de impaciencia. Cada nueva película lo traía más ígneo, más inflamado, más fuera de control.
Le gustaba vestir vistosos uniformes, exhibir entorchados y condecoraciones y luego hinchar las fosas nasales y lanzarse sobre sus compañeras de reparto como quien ataca una trinchera. Las abrazaba como para desintegrarlas. Las ceñía como para triturarlas. Y las estrechaba como para comprimirlas.
John Gilbert (1895-1936) fue sin disputa uno de los astros más populares de la pantalla de su tiempo. Y fuera de ella, según sus amigos, un alegre compañero ligeramente alocado, con tendencia a valorar demasiado la aventura romántica en el set y lejos de él.
Pero acaso en él lo más interesante era que se creaba enemigos casi tan fácilmente como hacía amigos y pronto vio formarse un amplio séquito de cineastas que lo consideraba en extremo vanidoso y tan contumaz e irritante como un niño mimado.
La celebridad le llegó primero con La viuda alegre, de Stroheim, en la que añadió a su atractivo masculino una serie de matices psicológicos que enriquecieron su figura romántica.
Y, después, ese mismo año 1925, con El gran desfile, de Vidor, que retrataba los horrores de la recién finalizada Guerra Mundial a través de los ojos de los personajes, con sus ansias, angustias, y contradicciones individuales, pero siempre enmarcadas en la tragedia colectiva.
Ambos filmes resultaron sonadísimos éxitos. El de Stroheim produjo (téngase en cuenta la época) cuatro millones de dólares, y contenía escenas de amor nunca antes igualadas, de franca sensualidad y pasión. (Por cierto, en 1934 se hizo una versión sonora, dirigida por Lubitsch, con Chevalier en el papel que había interpretado Gilbert, y Stroheim dijo socarronamente que Lubitsch mostraba al rey en el trono y después tal como era en el dormitorio, mientras que él mostraba al rey en el dormitorio, y así se sabía exactamente cómo era cuando se le veía en el trono).
Por su parte, el de Vidor resultó el más taquillero desde los días de La caravana de Oregón, de Cruze. Dio a la Metro un sólido prestigio e Irving Thalberg fue saludado como el genio de producción de la industria. Gilbert pasó a la categoría de estrella mayor.
Pero si el ardoroso actor es recordado hoy día, ello se debe mayormente a su tórrido romance con Greta Garbo, a quien conoció cuando protagonizaron El demonio y la carne, de Clarence Brown.
Fue el clásico flechazo de Cupido, en uno de sus mejores días. Nuestro amigo se enamoró perdidamente de la sueca. Se arrebató. Su extraordinaria belleza, timidez, intrigante acento, álgido encanto, era para él algo nuevo y excitante.
Y el decidido, sonriente, elegante y arremetedor Gilbert era también algo inédito para la Garbo, quien había llevado hasta entonces una vida de reclusión con el caviloso y provecto Stiller, su única compañía masculina.
Debido sobre todo a las alabanzas que la crítica hizo de las escenas de amor, la cinta de Brown gustó sobremanera y dio paso de inmediato a otra producción en la que formaron pareja.
Garbo hizo el papel principal de una adaptación (o años después haría otra) del clásico de Tolstoi Ana Karenina. Y el título del filme, el cual era una versión muy moderna de la novela, fue espectacularmente cambiado por el de Love.
El motivo, según los historiadores, era que Gilbert aparecía de nuevo al lado de la bella nórdica, los rumores de sus amoríos eran del dominio público, y la Metro consideraba muy conveniente y oportuno poder anunciar la película con el fuerte y llamativo reclamo de "John Gilbert y Greta Garbo en Love".
Después rodaron otras dos películas: La mujer ligera y La reina Cristina, esta última realizada por Rouben Mamoulian, y en la que Garbo asombró a Hollywood y halagó a sus admiradores cuando escogió a Gilbert para el papel del amante de la soberana.
Se dijo entonces que ello obedecía para apuntalar la decadente carrera del actor. Y no había duda de que necesitaba este apoyo, pues Gilbert tuvo serias dificultades desde su primera película hablada, ya que su delgada voz parecía incongruente con su imagen de gran galán.
Mucho se ha escrito sobre la truncada carrera del actor y su prematura muerte, ocurrida tres años después de rodar La reina Cristina. Pero todo indica que lo que acabó con él no fue tanto su voz como su enemistad con Mayer (enemigo peligroso), el beber en exceso, y ser en lo profundo un hombre amargado e infeliz.

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