|
Brilló cuando se producía el triunfo de las narices, ojos y labios perfectos. Cuando la fábrica de sueños acuñaba los Adonis en serie para engrosar la mitología del siglo XX. Cuando las historias de amor no podían ser interpretadas por rostros poco agraciados.
De magnífica figura, a John Barrymore (1882-1942) le decían "el gran perfil", y con este título hizo una película casi al final de sus días.
Creador de un estilo intelectual y refinado, no desprovisto de cierto humor, y dueño de una elegancia muy genuina, encarnó también en la pantalla, como era de esperar, al bello Brummell, "el rey de la moda".
Tenía una tradición teatral entroncada en los mejores autores clásicos el mundo y su paso por el cine fue casi siempre excepcional. Tanto que, más de una vez, el público se quedó sin comprenderlo y, en especial, las compañías productoras, a las que importaba más su impecable perfil que su señera calidad de intérprete.
Los viejos amantes del cine todavía recuerdan con nostalgia su impecable Mercuccio del Romeo y Julieta, de Cukor. O su magnífico papel en Cena a las ocho, encarnando a un personaje que expresaba la propia medida de su drama: el paso de los años por los ríos de la vida hasta dar en la mar, que es el morir.
El doble papel de Dr. Jekyl y Mr. Hyde no figura entre los roles que con mayor entusiasmo interpretó. Sin embargo, la fantasía de Stevenson, el desdoblamiento de una personalidad, fue una de las peculiaridades que mejor cuadraban a su temperamento.
En 1926 intervino en un filme que ha pasado a la historia del cine por ser el primero dotado de sonido (música y efectos) sincronizado: Don Juan. Aunque sus valores iban mucho más allá de esa referencia técnica, la cinta merece ser recordada, sobre todo, por la valiosa aproximación que Barrymore hizo al mito del seductor despiadado redimido por el amor de una ingenua.
Si se revisa su filmografía, de inmediato se notará que hizo su aparición en la pantalla con cintas policíacas y de terror, pero que rápidamente sus dotes de gran actor le permitieron asumir otros géneros de mayor vuelo. Sin embargo, nunca consiguió muchas obras dignas de su personalidad y arte, sino más bien papeles a los que sabía dar carácter y fuerza, aunque no fuesen protagónicos.
Y es que su propia psicología pasaba a sus personajes. O quizás eran estos héroes los que vivían antes en sí mismo, siempre en esa zona intermedia entre lo real y lo ficticio. Ese mundo impreciso, entre verdadero e imaginario, que era el suyo, y que convirtió su vida y persona en algo estrambótico, atrabiliario y difícil, pues era capaz de hundir una obra teatral o una película por puro capricho o por extrañas razones que él mismo no lograba determinar con precisión.
Hombre de teatro, Barrymore lo amaba profundamente, y consideraba que el cine era un mal económicamente necesario que le proporcionaba jugosos ingresos.
Dinero que le permitió vivir suntuosamente, en mansiones puestas a su caprichoso gusto, convertidas en verdaderos zoológicos, puesto que amaba toda clase de animales, incluso los feroces, sobre los que ejercía una misteriosa fascinación.
O que le facilitó refugiarse a menudo en su yate y desaparecer para vagabundear no se sabe por dónde mientras consumía cantidades industriales de alcohol. Porque toda su existencia fue una lucha contra la bebida. Ese puente entre la luz y las tinieblas que necesitaba para vivir.
Como consecuencia, en los últimos años no podía recordar sus papeles y pasmaba su manera de actuar ante las cámaras, con grandes carteles estratégicamente colocados a su alrededor y otros sostenidos fuera del campo del visor, en los que constaban los parlamentos que tenía que pronunciar.
En los últimos años, ya en plena decadencia, alcoholizado, y constantemente atacado por el miedo a ser recluido en un manicomio, vivió una temporada con Errol Flynn en la casa que éste poseía en una cumbre del Valle de San Fernando, en California.
Cuando se fue -relataría Flynn tiempo después-, el marco de la ventana de la sala tuvo que ser pintado de nuevo, debido a que en el curso de su estancia, Barrymore había adquirido la costumbre de orinar allí de noche, con la esperanza, decía, de rociar los estudios Warner Bross, abajo, en el valle, pues le habían rescindido su contrato.
John Barrymore fue destruido por la bebida, al igual que luego su hija Diana. Eminente actor de teatro, llevó al cine de su época su estupendo arte e inmensa personalidad contradictoria. Tuvo dos hermanos, Lionel y Ethel, también grandes intérpretes. Juntos formaron la denominada "famila real de Broadway", cumbre del teatro neoyorquino de su tiempo..
 |
|
|