| |
Más que un intérprete era un personaje. Una figura que bien hubiera podido crear el famoso dibujante Norman Rockwell, ávido siempre por captar con su lápiz al hombre medio norteamericano para llevarlo a las portadas de las revistas.
Era muy alto y en extremo delgado. Tanto es así que no sabía qué hacer con sus piernas, y cuando se sentaba daba la sensación de dejar alguna parte de su cuerpo en el sitio que había ocupado.
Al hablar, estiraba el cuello, avanzaba la cabeza, miraba con sus plácidos ojos azul-gris claros, y las palabras, tras un ligero tartamudeo, partían ágiles y sueltas antes de bailar una pequeña danza en la pista curva de su belfo.
James Stewart (1908-1997) proyectaba honradez, recto proceder. Era para todos un caballero sin espada, dentro y fuera de la pantalla. Pero el secreto de su encanto y éxito podría resumirse en otra palabra: credibilidad. En el mundo cinematográfico de la fantasía pocos han tenido la maravillosa habilidad que poseía de actuar como si realmene sucediera.
Tuvo el itinerario común de su generación: teatro aficionado, Broadway, pequeños papeles en el cine, hasta que, con Frank Capra, se convierte en el héroe que todos aman, encarnación del hombre simple y confiado.
Fue dirigido por el siciliano en tres memorables cintas: Vive como quieras, Caballero sin espada y Que bello es vivir. Obras en las que su realizador sabe lo que busca y lo que quiere hacer, y sus propósitos e intereses coinciden felizmente con las normas comerciales. Como los cuentos de O. Henry, fueron un agradable pasatiempo para millones de personas.
Se destaca también a las órdenes de sus directores como Ernst Lubitsch y George Cukor. Con el primero, se recuerda El bazar de las sorpresas, junto a Margaret Sullavan, historia de una pareja que trabaja en una librería y mantiene entre sí una correspondencia romántica sin saberlo, pues en realidad se detestan.
Con el segundo, sobresale Historias de Filadelfia, una de las más brillantes comedias de su época, donde le acompañan a Katharine Hepburn y Cary Grant, y que le vale el Oscar de actuación.
Para Alfred Hitchcock rodó en cuatro oportunidades: La soga, La ventana indiscreta, El hombre que sabía demasiado, y Vértigo. Cintas en las que interpreta a un profesor universitario, un fotógrafo profesional, un médico y un inspector de policía retirado, respectivamente.
En el western alcanzó notables éxitos igualmente. Primero, con la mítica Arizona, en la que comparte honores con Marlene Dietrich, y hace el papel de un sheriff que mantiene el orden en una localidad sin el empleo de armas.
Después, con La flecha rota, filme valiente por su honestidad, tanto al nivel de la caracterización de los personajes como del respeto a la realidad histórica. Y donde el protagonista, lejos de encarnar los valores de la civización blanca, es guiado, por el contrario, a reconocer, en calidad de testigo, sus errores y excesos.
Más adelante, cuando se unió al realizador Anthony Mann en Winchester 73, relato de un hombre que busca a otro, al que reconocerá por el arma que le robó, y filme que preparó el terreno para otras colaboraciones, como Sin miedo y sin tacha, El precio de un hombre y Hombre de venganza, cintas todas con el trazo pleno y sostenido de la intriga, la densidad humana de los personajes y la cámara con panorámica que respiran.
Y finalmente, en los años 60, una suerte de postgrado, las cuatro películas que hizo dirigidas por John Ford: Dos cabalgan juntos, El hombre que mató a Liberty Valence, La conquista del Oeste y El gran combate, obras en las que el cineasta lanza sus últimos fulgores a un ritmo acelerado, como si la vejez le apresurase a poner punto final a su soberbio discurso sobre las inmensas planicies y sus hombres.
En la extensa filmografía de Stewart aparece, al menos, un rotundo fracaso: El héroe solitario, cinta basada en el famoso vuelo de Charles Lindberg a través del Atlántico, en 1927
El actor había encarnado con anterioridad a figuras muy populares de la vida real, como el pitcher Monty Stratton y el músico Glenn Miller, y todo marchó de maravillas.
Pero en esta oportunidad, el desafío era inmenso. Había que traducir la travesía pionera en un argumento dramático. Captar visualmente la soledad del tripulante del pequeño avión. Y todo debía hacerse, según estipulaba el contrato firmado con Lindberg, sin apartarse un ápice de su autobiografía.
Como era de esperar, la cinta resultó un desastre. A pesar de los ardides y maña profesional de Billy Wilder, nada pudo hacerse. La Warner Bros perdió los seis millones invertidos y se estuvo lamiendo la herida durante bastante tiempo.
Una década más tarde, preguntado Wilder sobre por qué había rodado la película, se limitó a decir: "Fue una decisión tonta"..
|
 |
|