El mundo supo de ella cuando apareció corriendo desnuda por el campo en Extasis, de Gustav Machaty, cinta de la que se habla mucho menos de lo que parece, y se la conoce mucho menos de lo que se cree, en esta época de conferencias, encuentros, homenajes, seminarios y talleres, tan abundantes en todos los países.
Tenía cuerpo de ninfa, cabellera negra y grandes ojos asustados. Vienesa de nacimiento, se llamaba Hedwig Kiesler y contaba apenas 17 años. Antes había sido discípula de Max Reinhardt, en Berlín, y trabajado algo en el cine checo y alemán.
Extasis trajo a la pantalla el concepto del erotismo como pasión, en todo su linaje, en toda su alta pureza. Aquí está adscrito el amor como suprema pasión e ideal humanos. Es el amor erótico, pero amor.
Años después, el erotismo será considerado independiente del amor, sin su pasión y sin su máscara protectora, y nacerá ese moderno cine de lo sexual por sí mismo, con escándalo semejante al que este filme ocasionó entonces (1933) al descubrir y abordar el tema.
Hoy día, Extasis y Machaty son apenas unos nombres cada vez con menos significados, que se borran lentamente como una vieja lápida. Y sin embargo, aquella fue una gran cinta y el fue un gran realizador que hizo aportaciones valiosas al desarrollo del séptimo arte.
La historia de la jovencita Kiesler es otra. Instalada en Hollywood por Louis B. Mayer, uno de los jerarcas de la Metro, se le puso el nombre artístico de Hedy Lamarr, y en 1938 debutó en Argel, versión californiana del Pepé le Moko francés, dirigido por Julien Duvivier, dos años antes, y ahora bajo la responsabilidad del magnífico John Cromwell.
El filme fue un gran éxito. Y como sucedía en semejantes ocasiones, la productora no sólo le dio un nuevo nombre, sino también le confeccionó un rígido personaje de mujer aventurera, elegante y fría, tal como el interpretado en Argel. Quedó marcada. Fue convertida rápidamente en una Venus de oropel. En una vampiresa de porcelana. Un bello objeto de regalo.
De esta manera desaparecía la vital muchacha que había actuado en la cinta europea y se daba paso a un maniquí que sólo alcanzaba a sonreír. Se daba entrada a una bella muñeca envuelta en encajes y tules, con magníficos y selectos vestidos o con el breve y simple atuendo negro que luciría en tantas y tantas películas.
Eso no impidió que durante 20 años rodara numerosos filmes que aportaron sumas colosales a las compañías y se hiciera acompañar siempre por los galanes mejor cotizados, como Gable, Tracy, Young o Taylor.
En 1958 hizo La otra mujer, su última cinta. Y después su nombre se asomó a las noticias en contadas ocasiones. Primero, a raíz de su sexto matrimonio. Luego, cuando fue acusada y llevada a juicio por robar en unos almacenes. Más tarde, por ser protagonista de una batalla judicial incitada por la publicación de una indiscreta autobiografía titulada El éxtasis y yo.
Después, al correr el rumor de que sus famosos ojos de color verde esmeralda no veían ya. Y finalmente, tras afirmarse que, además de semiciega, arruinada y sola, "la mujer más hermosa de este siglo", como se le llamaba, había solicitado ayuda de la Seguridad Social.
El episodio del robo fue un acontecimiento bien triste. En esa ocasión fue sorprendida cuando hurtaba mercancías por valor de 86 dólares. Entre lo ocupado figuraban un vestido, una cartera, un collar de cuentas, dos bikinis de playa, ocho tarjetas de felicitación, y una cajita de sombra para los ojos, todo lo cual ocultó en un gran bolso propio muy adecuado para contener buen número de cosas.
El hecho dio lugar a un proceso que, durante semanas, dividió a la opinión pública, antes de que la otrora luminaria de la pantalla cayese para siempre en el anonimato. Amargo declive para quien llenó los sueños de millones de personas entre los años 30 y 50.
Por esa época actuó en filmes que aportaron cifras millonarias a las casas productoras, gozó de una enorme popularidad y era sin duda una de las más exquisitas flores del vasto invernadero de la industria. Pero con el tiempo, su gran belleza, tan radiante en los años de su juventud, se convirtió en una hermosura refrigerada y ya nada hubo que hacer.
Lógico final, sin embargo. Como ha ocurrido con otras tantas actrices europeas trasplantadas a la Meca del cine, Hedy Lamarr comenzó con la sencillez y terminó en el amaneramiento.
Basta recordar lo sucedido hace años a una joven actriz italiana. Había algo mágico en ella cuando tomó la forma de una fragil adolescente y abrió sus ojos, donde cabía toda la ternura del mundo, en Mañana es demasiado tarde.
Entonces se llamaba Ana María Pierángeli y usaba tacones bajos y sonrisa amplia. La suya era una belleza pura, diáfana, con el encanto de la gota de agua que ensaya a ser diamante.
Pero después la llevaron frente a los rascacielos y fue Pier Angeli a secas, por mandato de Hollywood. Y junto con su nombre, Ana María, desapareció todo su encanto: era el poema frente a la geometría, la espontaneidad frente al cálculo.
Hedy Lamarr siempre fue la estatua de sí misma. Un bello pez ornamental incapaz de nadar en un mar verdadero. Su mundo era el de una pecera..
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