Durante cierto tiempo, en los días festivos de fin de año, existió en Hollywood la costumbre de celebrar una reunión clandestina en la brillante cocina de un afamado restaurante de Beverly Hills.
El local era propiedad de un diminuto individuo que había sido clasificado por las autoridades, años atrás, como "impostor profesional y estafador internacional", pero con el paso de la vida se había convertido en un honesto y respetable ciudadano.
El cónclave mencionado se efectuaba, no para escoger la película más popular, el intérprete más talentoso o la estrellita más prometedora del período que terminaba, sino para seleccionar al "hombre más odiado de Hollywood".
Hubo alguna rara ocasión en que se tuvo más de un candidato. Pero, habitualmente, sólo un hombre era nominado por unanimidad y obtenía la distinción sin tropiezo alguno. Esa criatura no era otra que el despreciable Harry Cohn (1891-1958), presidente de Columbia Pictures.
Desde 1932, hasta su fallecimiento, Cohn dirigió los estudios con mano de hierro. Grosero, mal hablado, dictador (tenía un despacho copiado del de Benito Mussolini), maltrató a todos sus empleados sin excepción. No escaparon directores, productores, intérpretes o simple trabajadores. Nadie.
Cohn imponía su voluntad y autoridad utilizando los peores métodos. Y si se extralimitó al máximo con alguien, ese agredido no fue otro que el director Charles Vidor, a quien insultó por todo lo alto en cierta ocasión, pese a que había rodado para él dos de los mayores éxitos de la casa, la mítica Gilda y el encantador musical Las modelos, que tanta fama dieron a Rita Hayworth.
Pero el agravio y el escándalo fueron tan grandes, que Vidor acudió a los tribunales y demandó que su contrato fuera anulado. El pleito lo atendió el juez Ben Harrison y duró unos pocos días. El tiempo suficiente para que el magistrado oyera los improperios lanzados por el magnate.
Cada palabra fue repetida y deletreada una por una al juez. Se supo, por ejemplo, que Cohn, en su afán por herir al realizador, no se refería a la esposa de éste llamándola por su nombre, sino por apelativos denigrantes como "zorra". Y a Vidor lo tildaba con frecuencia de "incapaz" y de "inútil".
Finalmente, cuando la querella concluyó, el juez Harrison dio su merecido a Cohn. Anuló el contrato de Vidor con la Columbia, amonestó severamente al demandado, dijo que en todos sus años, como juez y como hombre, jamás había oído expresiones tan sucias y ofensivas. Expresó su desprecio por Cohn, y dijo que estaba ansioso por llegar a la casa para ducharse con agua caliente y quitarse de encima toda la basura que había tenido que oír.Harry Cohn
Mientras estuvo al frente de la compañía de la mujer con la antorcha, Cohn se rodeó de verdaderos talentos. Como los directores Capra, George Stevens y Fred Zinnemann. Los guionistas Robert Riskin y Sidney Buchman. Y el productor Jerry Wald. Pero sus colaboradores, tarde o temprano, lo dejan solo, lo cual no era de extrañar.
Tal fue el caso de Wald, quien había ocupado el cargo dejado vacante por Sylan Simon, un magnífico productor ejecutivo muerto todavía joven a causa de los sinsabores, según se decía, sufridos a manos de Cohn.
Lo mejor de la Columbia lo producía Wald. Pero, un día, el dueño del negocio, tratando siempre de imponer su voluntad, ordenó que se suprimiese una escena que le daba el motivo psicológico a una determinada película. Y estalló la tormenta.
Tanto Wald como el director eran de opinión contraria. Expusieron sus puntos de vista. Argumentaron. Trataron de convencer. Sostuvieron con el magnate una discusión. Pero, por supuesto, fueron derrotados. Resultado: Wald retiró su nombre de la película y preparó las maletas.
Por otra parte, los intérpretes no corrían mejor suerte, debido a los cambios drásticos que introducía en el guión. Actores y actrices llegaban temprano al estudio y se encontraban con la desagradable noticia de que las escenas que habían preparado durante la noche estaban modificadas.
Y es que Cohn había ordenado sustituir cuartillas del libreto original por otras completamente nuevas. Cambios que, por lógica, les irritaba. Sobre todo, si se tiene en cuenta que las órdenes del jefe llegaban continuamente durante todo el tiempo de la filmación.
En su vida social, ocurría otro tanto. Por ejemplo, si los invitados a una recepción en su casa no llegaban a la hora señalada, la comida comenzaba sin ellos. Y si les exhibía algunas películas después de cenar, nadie podía retirarse hasta que él decidiera que podía hacerlo.
Hay consenso en que actuaba con pleno conocimiento de causa. Famosos comentarios suyos, como "Yo no tengo úlceras; yo las provoco". O este otro:"Si yo no fuera el jefe ¿quién iba a querer hablar conmigo?" no dejan lugar a dudas.
Cuando murió, su entierro estuvo más concurrido de lo previsto. Lo que provocó el humor negro del célebre cómico Red Skelton, quien, al ver tanta gente, dijo: "Siempre he dicho que la gente responde cuando se le proporciona lo que de verdad quiere."

Regresar
ir_John Barrymore, el gran perfil