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No era bella, ni era alta. Tenía los cabellos rubios y sus ojos saltones eran castaños. Siempre tuvo una clara vocación hacia el mundo del espectáculo. Y representó como pocas la negación de la coquetería y la apariencia.
?Fue una gran actriz, como dicen unos, o un formidable personaje, como aseguran otros, sobre el que se podían narrar historias y escribir guiones maravillosos?
Nunca se sabrá con certeza. Pero lo que no admite dudas es que fue una intérprete de rarísima sensibilidad, dotada de posibilidades expresivas excepcionales, pues conseguía transmitir, con la mayor espontaneidad, sensaciones, ansias, dudas, ingenuidad, alegría desenfrenada y dolor profundo.
El artificio de Giulietta Masina sólo residía en las posibilidades vehementes de su cuerpo, en las modulaciones de su voz y en los gestos infinitos de su rostro.
Habilidades que creaba sobre la escena en el momento mismo de la representación, de modo que era como si viviera realmente la vida del personaje y actuara con la psicología de éste.
Tenía el don incomparable de saber transmitir un mensaje de bondad y comprensión con una sola mirada. Por eso, en especial, fue amada por el público. Por eso, sobre todo, La strada y Las noches de Cabiria serán recordadas.
El neorrealismo le abrió las puertas del cine. En la cinta Paisá, de Rossellini, aparecía como figurante anónima. Y después, Alberto Lattuada, con Sin piedad y Luces de variedades, la conduciría a los dominios de Federico Fellini. El cineasta que la convirtió en una imagen. El hombre al que dedicó su vida entera como esposa, y por el que sacrificó seguramente buena parte de sus posibilidades profesionales.
Según el realizador, su mujer tenía el don de evocar, de manera natural y ajena a su voluntad, una especie de sueño consciente. De este modo nacieron los personajes de Gelsomina y Cabiria. No porque la actriz se lo hubiera sugerido, en el sentidio de que le dijera que los creara. Sino porque fueron inspirados por ella mediante un vínculo, una comunicación muy íntima con él, profundamente espiritual y secreta.
Con su mímica de payaso, encaraban en sus relaciones la nostalgia de la inocencia. Al respecto, Fellini decía que cuando fue con ella a Estados Unidos después de La strada, la gente no sabía si debía sonreírle o más bien besar el borde de su vestido, pues la veían como a alguien situado entre Santa Rita y Mickey Mouse.
Pero si Gelsomina y Cabiria fueron el resumen y prototipo de su arte, no debemos olvidar que en esos personajes hay también tañidos de un universal: Charlot. El paralelismo entre aquellos y el famoso vagabundo es tan evidente, que llega hasta su interpretación de actriz y su indumentaria pintoresca e indefinible.
Después, el matrimonio haría Julieta de los espíritus, una cinta que se dijo era biográfica y que ella rechazaba como tal, y Ginger y Fred, obra crepuscular en la que el maestro ajustaba cuentas con cierta televisión a la que, con los años, odiaba cada día con más vehemencia.
En la primera, la crítica elogió la extravagancia de los decorados y la Masina fue acogida favorablemente; pero la cinta se consideró más bien una exhibición de la pirotecnia del realizador que un tratamiento profundo del dilema de la mujer casada en el mundo moderno.
En la segunda, se reconoció que las actuaciones de ella y Mastroianni eran encantadoras e infinitamente atrayentes y que la cinta estaba visualmente lujosa; pero la reacción crítica siguió más o menos los mismos lineamientos empleados para la anterior, con una queja aquí y allá.
Claro que su trabajo no se limitó a las apariciones en filmes de su marido, pues rodó con importantes realizadores e incluso tuvo ocasión para borrar su imagen de actriz fetiche. Pero es incuestionable que en todas esas intervenciones jamás logró algún personaje tan ejemplar como el de Gelsomina o Cabiria, que Fellini utilizó para expresar la tristeza, el estupor y la alegría que le provocaba la vida.
El final de esta pareja parece sacado de una novela. Giulietta dijo adiós apenas cuatro meses después de haberse marchado Federico, el hombre con el que vivió durante más de 50 años, y cuando todavía el perfume de las flores de su despedida no se había disipado.
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