Era poco expresivo. Para actuar, le bastaban su apariencia desmadejada y cierto aire indolente, la sonrisa habitual y unos pocos gestos como plegar los labios o apretar los dientes. Nada más. Se limitó a ser él mismo durante toda su carrera.
Por espacio de 35 años se paseó calladamente por los sets de filmación, ganando amigos, y sin dar importancia alguna a su trabajo. Sin ufanarse jamás de sus aciertos y triunfos, dueño de un hermetismo que no fue nunca desdén sino pudor de quien cree que hay que huir de la altivez, vanidad o arrogancia.
Gary Cooper (1901-1961) era un hombre sencillo, consciente de sus limitaciones, y como tal conseguía aparecer en la pantalla. Su rusticidad, su silueta alargada y movimientos cortos, pero imponentes, le hicieron imprescindible. Primero, para papeles de vaquero noble y generoso. Y luego, cuando los años pasaron, para los de sheriff justiciero.
Como estrella y como prototipo, se fraguó gradualmente a través de sus filmes iniciales importantes. Pero su consagración se debió al austríaco Josef von Sternberg, quien lo pone junto a Marlene Dietrich en Marruecos, y tranforma al eterno cowboy, más o menos patente, en el hombre sin patria de la Legión extranjera.
Monarca de la contención, cuando se repasa su obra sorprende la parquedad de medios con que consiguió llenar de interés tantos y tantos personajes como interpretó, pues además de los consabidos vaqueros, en su filmografía aparecen militares, deportistas, aventureros, marinos, exploradores, médicos y muchos otros.
Claro, no debe olvidarse que Cooper fue una idealización de la realidad típica de su país. Y desde ella, como ha sucedido con otros intérpretes, la sublimación del hombre de un nivel medio en el mundo.
Es decir, una metamorfosis en la que siempre está presente esa duplicidad del cowboy, el hombre del Oeste, que pasa a ciudadano de chaleco y frac, y por extensión a cualquier otro personaje, actual o de época, civil o militar, galán romántico o Don Juan casi a pesar suyo.
Por eso, porque todos sus personajes tienen una última traducción al mismo héroe, este campeón es, a su vez, un definitivo traslado al propio Cooper. Quien no pertenecía a ese tipo de actor capaz de transformarse por completo en las figuras más diversas, como el olvidado Paul Muni, que hoy era Pasteur, mañana Zola y después Juárez.
En otras palabras, traducía los personajes a su propia personalidad. Siempre todos era él, que es decir un prototipo humano que es, a su vez, el arquetipo del hombre del momento para las secretas e inconscientes vivencias de los espectadores a nivel mundial.
Con respecto a los dos premios Oscar que le fueron concedidos por la Academia, el primero, en 1941, por El sargento York, y el otro, en 1953, por A la hora señalada, acaso valga la pena hacer unas reflexiones.
En 1940, menos de un año antes del ataque japonés a Pearl Harbor, el productor Jesse Lasky logra convencer al sargento Alvin York, héroe de la I Guerra Mundial, de llevar su vida a la pantalla.
Al aceptar, el veterano militar plantea las siguientes condiciones:
1) supervisar personalmente la producción para evitar cualquier posible inexactitud histórica; 2)ninguna diosa del sexo podía hacer el papel de su esposa (se escogió a Joan Leslie); y 3) el protagonista debía ser el actor Gary Cooper.
Dirigido por el maestro Howard Hawks, el filme obtuvo un enorme éxito de taquilla, fue nominado al premio Oscar en siete categorías y obtuvo dos distinciones: mejor actuación (Gary Cooper) y mejor edición (William Holmes).
Ese año, los otros nominados en pugna con Cooper habían sido: Walter Huston, por Un pacto con el diable; Cary Grant, por La canción del recuerdo; Robert Montgomery, por El difunto protesta; y Orson Welles, por El ciudadano Kane. Toda una escuadra de pesos pesados.
Años después, Hawks declararía a Peter Bogdanovich: "Lo más curioso es que la película provocó una desgracia: Cooper ganó el premio de la Academia, cosa que no esperábamos en absoluto".
Lo relacionado con el otro premio llega más lejos. La noche del 19 de marzo de 1953, Cooper se encontraba en México, descansando de un día agotador de rodaje, en un bello hotel edificado sobre unas ruinas de la época de Hernán Cortés.
Le acompañaban, en una mesa, el realizador argentino Hugo Fregonese (quien relataría mucho después lo que el famoso cowboy le dijo aquella noche), y los actores Anthony Quinn y Ward Bond, quienes intervenían también en la cinta Viento salvaje.
Era ya de madrugada cuando a Cooper lo llamó por teléfono su agente artístico para darle la noticia de que había ganado el Oscar de actuación por A la hora señalada.
Después de hablar unas pocas palabras, el astro regresó apaciblemente a la mesa que ocupaba, se sentó, y luego de servirse un trago, dijo en voz baja, casi en confidencia, al realizador gaucho. Te das cuenta, Hugo, yo, tan mal actor, ganando otro Oscar".
Cooper, sencillamente, no lo podía creer.
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