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La primera serie de filmes de gangsters aparece a principios de 1930. Por aquellos días la noticia periodística comienza a ser una gran cantera de argumentos cuando diarios y revistas narran espectaculares y sangrientos sucesos.
Son de candente actualidad los excesos de las bandas de pandilleros y las crónicas y notas relacionadas con el crimen atraen la atención de las masas. La prensa exalta las brutalidades que se cometen y el hecho delictivo es colocado en plano de heroísmo.
Como consecuencia, el público arrebata los periódicos cada vez que ocurre una balacera. Y los productores de cine, estancados en el callejón sin salida de las fórmulas teatrales, ven en aquello un poderoso medio de atraer público.
La revelación de este nuevo mundo nos la da la cinta Caracortada, el clásico de Howard Hawks, la producción que, según rezaba su publicidad, era "el filme de gangsters que acababa con todos los filmes de gángsters". Y que si no acabó, porque el género estaba muy vivo y poseía muchas seducciones espectaculares, sí que lo elevó a la cumbre como obra maestra de la pantalla.
La película seguía en líneas generales, según el libro de Armitage Trail convertido en guión por Ben Hecht, la carrera criminal de Al Capone, el todopoderoso señor de los gángsters de Chicago, a la sazón prisionero con el número 40886 en una cárcel de Alabama. Y no como castigo a tantos crímenes que se le atribuian, sino por un delito menor.
Tony Camonte -nombre dado al protagonista del filme, Paul Muni-repetía las fechorías de Capone, animando escenas difundidas por la copiosa bibliografía que inspiró el gangsterismo. Como aquella que reproducía el asesinato de 6 hombres de una banda, el día de San Valentín de 1929, alineados contra el muro de un garaje y ultimados de ráfagas de ametralladoras a las diez de la mañana.
Este paisaje anárquico, ferozmente individualista, cuyo telón de fondo son las grandes aglomeraciones urbanas, la escenografía aparatosa de los rascacielos, los cabarets nocturnos, los barrios bajos, triunfa en toda la línea.
Es el momento en que la Warner Bros se destaca como la empresa más estrechamente ligada con el rodaje de películas de gangsters. La que alcanza los más grandes éxitos. La que crea mayor número de personajes clásicos y de filmes significativos. Y la que trabaja más tiempo con cintas de este tipo.
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Así nos llegan cintas como El pequeño César, de Mervyn LeRoy, de tema y técnica impresionantes, en la que el hombrecito de pelo en pecho de Edward G. Robinson, con su aire fanfarrón y su imprescindible tabaco en la boca, su impecable ropa y su dedo índice amenazador apareció más de una vez en la pantalla. |
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El enemigo público, de William Wellman, obra en la que James Cagney alcanza rápidamente el estrellato con su personificación de Tom Powers, un delincuente que empieza desde abajo, escala posición destacada en el mundo del hampa, termina lleno de agujeros y su cadáver cubierto de vendajes es dejado ante la puerta de su madre.
O El bosque petrificado, de Archie Mayo, adaptación de la famosa pieza teatral del mismo nombre, con Leslie Howard y Humphrey Bogart, repitiendo para la pantalla los mismos papeles que ya habían interpretado en las tablas.
Desde luego, fuera de este estudio también se hicieron buenas cintas de gángsters, como Las calles de la ciudad, de Rouben Mamoulian, con Gary Cooper, Paul Lukas y Sylvia Sidney, producida por la Paramount.
Con una historia original de Dashiell Hammett (la única que hizo para el cine), el filme tomaba su título del escenario que cada noche recorrían raudamente los camiones de los contrabandistas de bebida. Y en la densa atmósfera de los delincuentes nacía, vivía y triunfaba un poema de amor.
Por otra parte, los filmes de gángsters se ocupaban de todo menos de abordar la delincuencia como un problema social o de aclarar las condiciones que le daban origen. Y que los personajes protagónicos, si no aparecían como genuinos héroes, por lo menos eran siempre mostrados de manera mucho más interesante que los guardianes de la ley.
Lo que dio origen, para compensar en algo lo antes dicho, a que aparecieran las llamadas películas de prisiones, en las que se tocaba el trato humanitario y de rehabilitación que se debía dar a los reclusos.
Serie de filmes -tan popular como la de gángsters- en la que sobresalen títulos famosos como Veinte mil años en Sing Sing, de Michael Curtiz, con Spencer Tracy; El presidio, de Georges Hill, con Wallace Beery; El código penal, de Howard Hawks, con Walter Huston. Y sobre todo Soy un fugitivo, de Mervyn LeRoy, con Paul Muni.
Esta cinta, que se haría famosísima con los años, es una dura denuncia del sadismo y la brutalidad de las medidas disciplinarias. Mostraba de manera realista la soledad, los castigos y tormentos a que son sometidos los convictos encarcelados en una prisión de Georgia..
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