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.Hay un efecto del cine sobre el espectador que tiene una influencia importante en la ética. Se entiende ésta como ciencia de las costumbres en general o como ciencia de los hábitos y actos morales. Sin entrar a discutir ahora en detalle si aquel efecto es pernicioso o aprovechable.
Como se sabe, el cine representa una prodigiosa economía de esfuerzo intelectual, y esta no se obtiene sin menoscabo de la voluntad. Cuando se piensa en ideas de todo el mundo no se anda lejos de querer con la voluntad de todo el mundo.
Y como, en suma, lo que hace la personalidad humana es su grado de inteligencia y voluntad, no resulta disparatado el suponer que el cine puede conducir al aniquilamiento de la personalidad. No por casualidad algunos teóricos han llamado al cine "instrumento de despersonalización"•
Si sobre este clima se vuelca un mundo de quimeras y deslumbramientos, la fuerza del cine para imponer y difundir ideas y costumbres se habrá convertido en peligrosamente poderosa. Porque, como decía cierto filósofo francés: "Uno se habitúa antes a una hora de ensueño que a treinta años de vida real".
Pero lo lindo del caso es que esa vida real resulta inducida por apenas dos horas de ensueño cinematográfico, invadiendo la vida entera del espectador de dentro afuera.
Ningún arte ni osadía espiritual alguna ha logrado alcanzar y expresar las sombrías e inquietas dulcedumbres del hombre como el cine.
El cine representa una derivación inmediata de la vida. Si, por ejemplo, la música es fuga de la vida, el cine, en contra de ese sentido de fuga que le atribuye, es más bien un apresuramiento hacia ella, a la vida tangible y circundante.
"Donde las palabras acaban -dice el dicho-, la música sigue". En cuanto al cine, su discreta y fina actitud da la impresión de que él acaba donde la vida empieza.
Tal es la razón de su influencia en las costumbres. O mejor: en los actos inmediatos a la contemplación de una película, en virtud de la cual se inician comentarios que informan y forman, se modifican puntos de vista mentales. Se construye una sociedad ideal o se escoge un modo de vida.
Y es que el cine provoca en el espectador un desdoblamiento. O al menos tiende a provocarlo entre su sensibilidad subjetiva que se une al ambiente y el aspecto visual que desenvuelve ante él espacios imaginarios y los fija en un campo muy reducido como el de la pantalla.
El espectador de una acción ejecutada por otra persona la vive, de cierta manera, no llegando a comprenderla de una manera intelectual, sino clasificándola en tal o cual categoría conceptual.
Estos fenómenos intervienen a menudo en los relatos periodísticos, en el teatro y en la lectura de una novela. Pero todo indica que se presentan con una agudeza totalmente peculiar en el curso del fenómeno cinematográfico en virtud de las condiciones en que es dado.
Aun permaneciendo él mismo, el espectador tienen la impresión de sentir lo que pasa en la vida interior de otra persona.
O dicho en términos más abstractos: hay una sola acción presente bajo dos formas (visual y propioceptiva), pero que pertenece a dos personas diferentes.
En casos extremos, la identificación se extiende hasta las propias personas. No existe más que un solo "yo" proyectado en una pantalla. Aquí el intérprete deja de aparecer en el lienzo de plata como una persona distinta y el espectador cesa de ser un personaje sentado en una butaca.
Es decir, "entra en la piel del intérprete". En lo adelante no hay más que una persona. "Yo" en el cuerpo de quien representa. Y por supuesto una sola acción.
Este estado, cualquiera sea el término con el que se le designe, se caracteriza, pues, por una ausencia de sí mismo, por una enajenación. El que el espectador se instale en otro para vivir una vida ficticia (identificación) o que le revista de sus propias tendencias (proyección), en los dos casos tiene lugar una indistinción. El mundo de la participación es incompatible tanto con la presencia en sí mismo como con la verdadera presencia en otro.
Se está en un mundo psicológico elemental del que ciertos autores han podido demostrar su parentesco con la magia, el mito, el ensueño, la poesía o la infancia.
arc/ag/rs
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