Párpados abultados, boca pintada con el rictus característico y mentón levantado en gesto de desafío pero, sobre todo, grandes ojos azul pálido que trajeron una nueva inquietud a la pantalla.
Era la dama angustiada, la mujer torturada por la impaciencia que miraba a su alrededor como una fiera cercada que no sabe si clavar las garras o buscar una salida.
Sus ojos saltones eran los espejos del drama. A través de ellos, la pasión invadía cuanto la rodeaba y su fuerza nos convencía de la existencia de un turbio pasado y de la inminente tragedia que la amenazaba.
Desde sus primeros papeles, Bette Davis (1908-1989) andaba con paso resuelto y fumaba como una demente preguntándose el por qué de ser mujer. Ella podía amar a un hombre pero, ante todo, lo consideraba un contrincante.
En cuanto pudo, tiró la frivolidad por la borda e hizo Cautivo del deseo, donde interpreta a una camarera amoral y perversa, tal como había sido concebida por la pluma de Somerset Maugham. Forjaba así el primer eslabón de una serie de personajes "malos" con los que jalonó su brillante carrera.
A partir de entonces, enfrentándose con los gustos del público, comenzaría a dar vida a su galería de antiheroínas de fuerte temperamento en las que resaltan las más airadas pasiones.
Electra y Agripina, en un mundo pequeñoburgués, la Davis sobrepasó la trivialidad de sus fotodramas haciendo que sus criaturas dejaran de asomarse a la ventana para ser filmadas, alguna vez, al borde del abismo. Y para ello, se abría el pecho y mostraba su alma, donde hervían todas las corrientes del Averno.
Recuérdese La loba, de Wyler, una de sus mejores cintas, en la que deja morir al marido sin alcanzarle la medicina que puede salvarlo. Se le veía hierática, inconmovible, a un costado del cuadro, con la cabeza en alto y el rostro crispado por un placer morboso.
Era el semblante implacable de la venganza. Era la definición de su tipo. Se trata, en todos los casos, de mujeres enfrentadas con el propio destino y en las que el odio, la crueldad, la ira o la violencia, dejan traslucir el más íntimo sufrimiento humano.
Eran personajes complicados y retorcidos, heroínas que se hallaban en la frontera de la locura y la enfermedad, y que su arte, al darles la amplitud necesaria, lograba magistralmente presentar.
Tuvo el valor de encarnar tipos fuera de lo normal y dignos de que se fuesen estudiados por psiquiatras y psicoanalistas. Entró en el mundo nebuloso de los acomplejados y resentidos y produjo la exaltación de sus personajes con la debida violencia expresiva.
No hay en sus intrepretaciones algo dejado al azar. Todo es producto de un delicado estudio del papel asignado. No es lo que los entendidos llaman el pshique du rol, ni que se sintiera cómoda dentro de la piel que le tocara animar. Es, sencillamente, que por encima del personaje, que le agradara o no, había encontrado los medios necesarios para darle la realidad que le convenía.
Es cierto que sus gestos eran crispados. Pero nadie puede hablar de grandilocuencia, ni de movimientos exagerados, ni de excesos de lenguaje. Poseía una acción comprimida e intensa en la manera de manifestarse. Y dentro de esa manera restringida de hacer, una riquísima gama de matices que antes de ella (y después sólo pocas) no se habían conseguido.
Las décadas 30 y 40 marcaron la cadena de éxitos más gloriosos, con cintas como Jezabel, Peligrosa, La carta, La solterona, Amarga victoria, La egoísta. Y, también, las trifulcas más sonadas con Jack Warner, a quien inclusive dio un mítin laboral, el primero de su clase en Hollywood, pues nunca antes una estrella se había atrevido a quejarse de sus empresarios ante un equipo de rodaje.
Por otra parte, cayó en el temido encasillamiento exigido por la industria y el sistema de estudios, aunque supo encontrar siempre rasgos, matices y sutilezas para diferenciar personajes muy parecidos que se adaptaran al perfil de su personalidad única.
Dentro de la profesión consideraba a Greta Garbo la mayor intérprete que pisara un set, y no escondió la envidia que sentía por Katharine Hepburn. Cuanto a su mismo nivel, sólo aceptaba a la italiana Anna Magnani, y decía al respecto con ironía que "hay sólo una de nosotras por cada país".
Cuando desapareció, fue recordada en una emotiva ceremonia celebrada en uno de los más grandes e históricos estudios de Los Angeles: el Warner Bros Stage 18, donde la actriz intervino en decenas de filmes.
Unos 350 intérpretes, guionistas, productores, directores y técnicos participaron en la velada, entre ellos el actor James Woods, quien, rememorando unas líneas de diálogo pronunciadas por la Davis en La malvada, dijo: "En alguna esquina del paraíso hay alguien que dice: !Atención, colocarse los cinturones de seguridad, porque será una eternidad veraderamente movida"..
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ir_"Fatty" Arbuckle, marcado por el escándalo